“Las casas sumergidas”
Soñé que era amiga de una modelo mallorquina,
íbamos en coches de lujo, antiguos,
jugando a las carreras hacia la playa.
De pronto me dio una bicicleta
y me llevó al barro.
Casas inundadas hasta la mitad,
ríos desbordados,
ventanas como bocas ahogadas.
Le dije: “No debe haber nadie ahí.”
Pero estaban.
Habitaciones diminutas,
como baños de bar,
llenas de mujeres llorando en silencio.
No salían.
La vergüenza era una cárcel invisible.
Les dijimos que íbamos a traer ropa, comida, abrigo.
De a poco, algunas salieron.
Nos ofrecieron tortitas negras húmedas,
el último gesto de dignidad.
Y yo lloraba.
Lloraba de bronca, de impotencia.
Pensaba que esto era Argentina,
pero estaba en España.
¿Dónde está el Estado?
¿Cómo empatiza un rey
con pueblos que ni ve,
con hijos que olvida?
Me desperté con el barro todavía en el pecho.
15 pollos y un sueño
Corría el año 2006 y yo estudiaba diseño gráfico en la FADU. Entre entregas imposibles, tubos fluorescentes parpadeando, y profes con mirada de cirujano ruso, nos mandaron un TP: reconstruir plano por plano una escena de cine. Yo elegí una que me había dejado muda:
"Auggie Wren's Christmas Story" del film Smoke (Wayne Wang & Paul Auster), esa escena final donde una mujer negra, en silencio, come pollo con las manos mientras suena Innocent When You Dream de Tom Waits.
No sabía que ese momento iba a marcar mi historia faduera para siempre.
Mi ex marido (el único hombre que se prestaba a todo lo que mi cabeza FADU paría) fue mi actor. Y mi abuela, con una peluca y la cara pintada de negro, se transformó en esa mujer anónima que come sin mirar la cámara. Hoy todo eso sería impensable, y sin duda, lo haría de otro modo. Pero en ese momento era todo entrega, intensidad, ensayo, error, correcciones y... pollos. Muchos pollos.
Compré como 15 pollos al spiedo. Cada toma requería repetir, volver a encuadrar, ajustar el foco, rehacer la acción. Se enfriaban, los cortábamos, los volvíamos a armar, los escondíamos fuera de cuadro. El living de mi piso en Nuñez fue nuestro set de rodaje. No sé si fue cine, pero sí fue un acto de amor por la imagen y por lo que uno cree cuando está estudiando.
Detrás de cada trabajo de facultad, hay personas que se prestan, que te quieren, que entienden que eso que estás haciendo, aunque parezca una locura o una idiotez, es vital. A veces un pollo al spiedo es un manifiesto. A veces, la escena de una película que viste en VHS se convierte en una obra propia, imperfecta, intensa, viva.
Y cada vez que escucho esa canción, "But you're innocent when you dream", algo en mí vuelve a ese plano.
A esa luz. A esa entrega. A ese sueño que todavía, por suerte, no se termina.
Hacé clic para ver el video original: MI ABUELA UNA SANTA
Bonus track: Marlango, Waits y lo que sueñas
Yo soy fan de Marlango. Especialmente de esa etapa íntima, donde las canciones parecen susurradas desde un rincón con vino, piano y humo lento. Shake the Moon, Pequeño Vals, Lo que sueñas vuela—frase que llevo tatuada—todo eso me remite inevitablemente a Tom Waits. Y no es casualidad.
Leonor Watling ha nombrado a Waits como una de sus inspiraciones fundamentales. De hecho, Marlango nació con ese espíritu: jazz minimalista, tempos raros, voz quebrada. Hay algo en ese universo que conecta directo con las escenas que me marcaron: mujeres comiendo en silencio, manos sobre pollos tibios, palabras que no llegan a decirse, pero se entienden en el plano fijo.
Lo que sueñas, vuela. Y a veces aterriza justo en una entrega de la FADU muchos años antes de lo que se escribe en el cuerpo.
Sueños con velos
Despierto,
y pienso en los políticos que,
por votos, abren puertas
sin cuidar a quienes ya estamos adentro.
No escuchan el miedo de las mujeres
que caminamos de noche.
El progresismo se aplaude a sí mismo:
“apoya, incluye, defiende”,
pero olvida que algunos de los incluidos
no apoyarían jamás
a una mujer libre,
a un gay,
a una feminista.
En el fondo lo sé:
un día habrá choque,
a machetazos,
y el Estado fingirá demencia.
Mientras tanto,
yo sigo soñando catástrofes
que otros niegan despiertos.
y pienso en los políticos que,
por votos, abren puertas
sin cuidar a quienes ya estamos adentro.
No escuchan el miedo de las mujeres
que caminamos de noche.
El progresismo se aplaude a sí mismo:
“apoya, incluye, defiende”,
pero olvida que algunos de los incluidos
no apoyarían jamás
a una mujer libre,
a un gay,
a una feminista.
En el fondo lo sé:
un día habrá choque,
a machetazos,
y el Estado fingirá demencia.
Mientras tanto,
yo sigo soñando catástrofes
que otros niegan despiertos.
La boda
Soñé que estaba casada.
No por amor —por estrategia.Yo no amaba, planificaba.
Como en la vida real, a veces.
Como cuando me subí al subte en 2003
pensando que eso no podía ser todo,
pero fue todo por un tiempo.
Guarda. Puerta. Sueldo. Humo.
Un hombre que no amaba. Una casa que no era mía.
Un cuerpo con miedo y un alma en piloto automático.
A los abuelos,
a lo que no fui,
a lo que no hice a tiempo.
Y me enojaba.
Me dolía como duelen las cosas que no tienen solución.
M.D me ignoraba en el sueño
igual que en la vida.
Y yo gritaba en silencio:
¿Cómo puede ser que me doliera tanto alguien que nunca estuvo?
Dos gatos que no me dejan ir.
No por posesión, sino por amor.
El amor que ata con dulzura.
Porque si no estuvieran…
ya me habría ido.
Madrid, Almería, Lisboa,
vivir viajando,
escribir desde trenes lentos
con calor y palabras.
Y yo también.
Y hay algo de eso que me salva.
Recuerdos prestados
Soñé con bombas y aviones bajos,
y al despertar entendí por qué:
mi mamá me escribió a las dos de la mañana
sobre Malvinas, sobre Martelli,
sobre radios encendidas en 1982,
sobre soldados en 1988.
Yo tenía tres años,
después nueve.
Era demasiado chica para entender,
pero no para grabar en el cuerpo
el ruido de un país roto.
Recordé cómo mi papá decía:
“es lejos, no pasa nada”,
y yo esperaba escuchar una bomba
como si las bombas fueran fuegos artificiales.
Recordé la varicela,
la evacuación,
el barrio tomado por camiones
que nunca supe si eran de película o de verdad.
Anoche mi sueño devolvió todo:
mi hermana niña que debía proteger,
mi padre apoyando a medias,
mi madre de fondo,
y una ciudad deshaciéndose
entre galerías desconfiadas
y terrazas con asado.
Hasta que el cielo se cubrió de piel,
y una trompa gigante
comenzó a succionar personas,
como si la Historia misma
se tragara a quienes no corren a tiempo.
Alguien dijo:
“Merecemos extinguirnos.”
Y yo desperté.
No era solo un sueño:
era una infancia marcada por guerras ajenas
que vuelven ahora,
en plena madrugada,
para decirme que lo vivido
nunca se olvida del todo.
El honorable borrachín
Soñé que al fin me daban el título de la UBA.
Lo agarraba con cuidado, como si fuera un papel sagrado, y me iba directo al banco donde trabajaba mi viejo.
En la entrada había un cartel enorme. No hablaba de mí, sino de él:
“El honorable Lucas el Borrachín felicita a JLA por su título de bachillerato comercial.”
Literal. Con apodo y todo. Como si los diplomas fueran un club de borrachos distinguidos. Yo no podía parar de reírme, me parecía tan ridículo como posible en esta sociedad donde cualquier cosa, con un sello, se vuelve solemne.
Mi viejo, serio, me decía que era normal. Que no me ría tanto.
Me proponía como regalo de celebración una remera repleta de agujeros, el más grande justo a la altura del pecho, para que abajo yo me tatuara FADU y se viera a través de la tela.
Un título, un borrachín honorable, una remera con ventana al tatuaje. Todo tan surrealista y tan burocrático que parecía un capítulo perdido de Severance.
Sí, así sueño yo. Sí, así es la vida a veces.
Valeria
La casa era hermosa a su manera: vieja, descuidada, pero llena de alma. Valeria me recibió con la misma frescura de siempre, esa forma de hablar tan suya que me daba ganas de quedarme escuchando sin interrumpir. Estábamos en Europa, no sé dónde, girando.
Abrió una ventana y me mostró lo que había estado haciendo: grabados, pinturas pequeñas, bocetos llenos de nombres de sus amigas de Bellas Artes. Me quedé boquiabierta.
—¡Vale, cómo mejoraste! —le dije con admiración genuina.
Porque recordaba perfectamente cuando empezó en el ‘98 sin haber tocado casi un lápiz. Y sin embargo ahora… ahora había encontrado su lenguaje.
Me contó de su madre, orgullosa. Yo también la amaba, esa mujer enorme en ternura. Me dijo que ya no sabía de cuál de sus hijas estar más orgullosa. Yo sonreí, porque entendí que hablaba también de ella misma.
Le pregunté si iba a vender esas obras. Me dijo que sí. Entonces me ofrecí a hacerle una web, branding. Y ahí, como un fantasma inoportuno, apareció de nuevo mi madre: estaba dormida en un sillón de la casa, y al despertarse dijo con naturalidad:
—Ella hace webs ahora.
Valeria asintió, como si fuera un dato útil, y me habló de logos dibujados a mano. Yo la miraba con esa fascinación que siempre me provocó.
En el sueño entendí todo de golpe: mientras yo me deslumbraba con lo artístico, mi madre siempre estaba ahí, durmiendo o meando, pero presente, opinando, recortando, corrigiendo. No importaba cuántos kilómetros pusiera entre nosotras, ella vivía en una recámara de mi subconsciente.
Me desperté atravesada, con la certeza de haber visto el mapa completo de mi vida: lo que quise, lo que me negaron, lo que aún late, lo que todavía puedo elegir.
El canto
El viaje era raro, como todos los viajes soñados: mitad excursión de colegio, mitad gira de amigos. Estaban los de siempre, los del secundario, desordenados y alegres como si la vida entera fuera un ensayo. Íbamos en coche, apretados, compartiendo mates tibios, risas, y canciones que salían de golpe, sin aviso.
Paramos en un baño de estación. El lugar tenía olor a azulejo húmedo y jabón barato. Uno de los chicos no se sentía bien, y entonces, sin pensarlo, empezamos a cantar. Al principio tímidos, después como banda profesional. La gente que entraba se quedaba paralizada, fascinada. Era como si ese baño miserable se hubiera convertido en escenario.
Sentí un abrazo. Alguien me dijo algo al oído —no recuerdo qué— pero lo entendí sin palabras: “no estás sola, dejate contener.”
Y, sin embargo, ahí estaba ella.
Mi madre, adentro de uno de los cubículos, haciendo pis. No sabía si escuchaba, no sabía si miraba, pero su presencia estaba. Como siempre: invisible y omnipotente, el contrapeso de cualquier alegría.
La Dama de las Dos Espaldas
Soñé con mi madre, pero nunca de frente. Siempre de espaldas. Y cuando por fin la giraba con todas mis fuerzas, me encontraba con otra espalda. Nunca un rostro, nunca unos ojos. Solo el castigo de no ser mirada. A veces la escucho sin voz, de mente a mente, frases afiladas que parecen mis propios pensamientos. Es la Dama de las Dos Espaldas: no importa cuánto la enfrente, siempre vuelve a darme la espalda.
La Caminata
Después de una fiesta deslumbrante, con lujo y música, terminé sola en la calle de noche. Tenía que caminar hasta quién sabe dónde, cruzando sombras, esquinas y silencios que se volvían amenazas. Ese miedo aprendido, heredado, inscrito en el cuerpo de toda mujer: caminar sola sin saber si llegaré.
En el aula
Una profesora me expulsaba por confiar en mis amigas que nunca volvieron a buscarme.
“Hoy dormís acá”, me dijo. Y el aula se convirtió en un barco vacío, como cárcel. Entonces un extraño entraba por la ventana, me corría la ropa interior, y pedía usar mi computadora. Hasta la policía que llegó después repetía la invasión, tocándome para “probar” lo que había pasado. Todo terminó en Mendoza, con narcos que fabricaban droga con la lava de un volcán.
Surreal y aterrador, pero tan real como el miedo de no poder hablar ni moverme.
Motomami
Soñé con un banquete en catalán, una fiesta de lujo donde todos sabían sus guiones menos yo. Entonces apareció Rosalía, divina, y me pidió casamiento con un anillo motomami.
Yo pensaba: no sé si me gustan las mujeres, pero con Rosalía sí me caso.
Me desperté feliz: incluso mi inconsciente sabe que lo que busco es alguien dulce, creativo, tierno y confiable.
Lali en la casa oscura
Soñé que me encontraba con Lali Espósito en un lugar simple.
Charlamos de la presión del cuerpo en las mujeres. La sentía cercana, luminosa.
No le pregunté lo que me dolía —¿por qué te metiste en política, por qué apagaste esa frescura que te hacía brillar?—. Me quedé con el cariño de verla como era antes: natural, inspiradora.
Me desperté con nostalgia de esa referente que sentía mía y un día perdí.
La madrastra indie
Soñé que mi madre tenía la cara de Zoe Gotusso. Era mi madrastra y se hacía la víctima frente a mi padre, como si yo le pegara. Yo la miraba con furia y le gritaba: “¡Buscate un estilo! ¡No sos famosa mundialmente, no se sabe si sos vos o Ainda!”
Un insulto raro pero perfecto: decirle que no tiene identidad, que siempre es prestada.
Incluso en los sueños, hay madres que actúan mejor que en la vida real.
El recital en la calle
Soñé que Gauchito Club hacía un recital arriba de un coche, al aire libre, como caravana.
Pensé: qué buena idea para bandas emergentes, tocar de ciudad en ciudad arriba de un camión.
El delirio del sueño tenía sentido. Como si mi inconsciente me mostrara que hasta lo caótico puede ser creativo.
Algunas locuras parecen imposibles… hasta que alguien las convierte en show.
La que se quedó y la que se fue
Soñé que era 2044
y estaba casada con Milei.
Pero no por amor.
Por política,
como quien sostiene un puente
que no quiere cruzar.
Soñé que volvía a Martelli
con los abuelos muertos
y los vivos ausentes.
Me enojaba. Me dolía.
Los quería abrazar
pero el tiempo era de plomo.
Soñé que estaba en India,
violada por las noticias,
secuestrada por las decisiones no tomadas,
y al despertar
mi cuerpo pedía volver
a lo que ya no existe.
Soñé que tenía gatos
que no me dejaban huir,
y al mismo tiempo
eran ellos los que me sostenían.
Soñé que las amigas no entienden,
que Barcelona no enamora,
que España es de cartón
y yo soy de carne viva
que no encaja en la maqueta.
Soñé que tenía un piso
pero quería alas.
Que quería dejarle un espacio
a un niño que aún juega
sin saber el peso de un techo.
Soñé que mi padre era un cofre
y yo, una llave huérfana.
Que mi madre era una línea recta
y yo, un garabato con preguntas.
Soñé que no quería morirme
sin haber dejado rastro.
Buenos Aires
A veces pienso que debería volver a Buenos Aires.
No por nostalgia,
sino por cansancio.
Cansancio de fingir que esto me gusta.
Que los médicos, las coloristas, los hombres, los silencios catalanes no me duelen.
Fingir que vivir es suficiente.
Que el acento de la gente no me saca las ganas.
Machu Picchu
Con él soñé mucho.
Me entrenó para Machu Picchu.
Me hizo dejar de fumar.
Me abrió las persianas.
Y después me dejó con las puertas abiertas al dolor.
Pero igual…
algo de eso me hizo renacer.
Los perritos perdidos
Anoche soñé que tenía un montón de perritos bebés. Eran chiquitos, suaves, vulnerables.
Se los dejé a mi mamá para que los cuidara y, como siempre, no los cuidó.
Los veía perderse, dividirse en caminos distintos, desaparecer.
Yo corría detrás, desesperada, como si cada cachorro fuera un pedazo mío que se escapaba para siempre.
Mi mamá estaba con un chico tipo Duki, riéndose de todo.
Yo, al borde del colapso, le gritaba:
—¡Me vas a indemnizar esto! ¡Quiero siete mil euros!
Ella seguía riéndose, sin darse vuelta, sin escucharme.
Esa risa suya —seca, distante— era peor que cualquier golpe.
Y yo estaba tan furiosa que terminé pegándole una bofetada a otra persona que estaba ahí, como si todavía hubiera una parte mía que la defiende incluso cuando me destruye.
Me desperté con esa mezcla rara: rabia, amor, pérdida.
Como si mis partes más frágiles aún estuvieran buscando quién las cuide.
Hay sueños que te muestran el precio exacto de lo que nunca recibiste.

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